Fútbol y Violencia ¿Qué Cambió?

Por José Miguel Candia

Las reglas del juego estaban relativamente claras, el público que simpatizaba con el equipo “A” ocupaba la tribuna del visitante o local según le correspondiera y quienes formaban la parcialidad del equipo “B” las gradas que le tocaban de acuerdo al mismo principio de anfitrión o visitante. Se podía cantar, hacerle bromas y burlas al rival, gritar los goles y festinar las jugadas más elaboradas hasta quedarse afónico mientras no se usaran las orejas del público rival como caja de resonancia. El espacio físico – el lugar de la tribuna que se ocupaba – era al mismo tiempo, garantía de seguridad y ámbito de pertenencia. No había agresiones entre pares, existía cierta comunión deportiva que daba tranquilidad y espíritu identitario. En aquellos casos en que la presión se desbordaba, la bronca era con la hinchada rival, excepcionalmente la confrontación se presentaba entre los simpatizantes de la misma divisa.

No sabemos cuándo ni quién pateó el tablero y modificó los acuerdos tácitos que regían el comportamiento del público en los estadios. Abundan los testimonios que dan cuenta de un acelerado proceso de descomposición social que registra dos conductas colectivas tan reiteradas como preocupantes: las peleas y choques entre hinchadas, dentro y fuera de los estadios y las manifestaciones graves de violencia dentro de una misma parcialidad. Este “retorno a la tribu” – de acuerdo a la contundente definición acuñada por la sociología francesa – es una manera de potenciar un espacio de identificación secundario, el amor a ciertos colores deportivos, como una plataforma a partir de la cual lograr visibilidad ante los medios y frente al resto de la sociedad. Este fenómeno reconoce raíces profundas, de carácter estructural, difíciles de revertir en el mediano plazo, uno de los factores explicativos se vincula con la degradación del mundo del trabajo y el debilitamiento de antiguas estructuras gremiales surgidas al calor de la expansión del empleo asalariado y de los sistemas de seguridad social. La generalización de la pobreza, la desocupación creciente y la difusión del trabajo precario configuran un panorama social preocupante para el Estado como ente articulador de la vida social y un desafío para las instituciones responsables de impartir justicia y ofrecer seguridad.

El otro elemento relevante, que contribuye a explicar la generalización de la violencia en los estadios, es la pérdida de horizontes políticos y la dispersión de los imaginarios colectivos que tradicionalmente se expresaban a través de los agrupamientos sociales y partidarios. La profundización de la segmentación y desigualdad social resquebraja los canales a través de los cuales suelen confluir las demandas colectivas y la gestación de los proyectos con vocación histórica.

¿Qué espacios guardan, bajo estas condiciones, la capacidad de ofrecer contención a los sectores sociales más golpeados por la caída de los ingresos y del nivel de vida? La experiencia internacional muestra que los particularismos regionales, étnicos y religiosos ocupan los espacios que dejan vacantes las instituciones de mediación social y las antiguas fuerzas políticas. También el deporte profesional, como fenómeno identitario, pasó a ocupar un lugar que no tenía hace veinte o treinta años. Para vastos sectores sociales constituye la única forma de hacer oír su voz, expresar su inconformidad y sentirse partícipes de un proceso que le ofrece inclusión y reconocimiento. ¿Por qué surge entonces esa nueva forma de canibalismo social que representan las luchas y agresiones dentro de las mismas hinchadas? Las propias directivas de los equipos contribuyeron a desvirtuar la lealtad a una divisa deportiva al distribuir favores y prebendas entre ciertos grupos del público que asiste a los estadios. Por esta vía la concurrencia a los partidos se transformó en un negocio turbio, una forma de obtener ingresos y manipular la asignación de los recursos que de manera solapada, derraman los dirigentes en las mochilas de los líderes de la tribuna.

Las agresiones entre los integrantes de una misma hinchada, una conducta poco frecuente hasta hace algunos años, se explica, en buena medida, por este reparto canibalesco del botín que ofrecen los dirigentes a un público castigado por la crisis, mal tratado por las autoridades y olvidado de lo que supo ser la mano protectora de las instituciones públicas de seguridad social. Las consecuencias son notas permanentes de diarios y revistas: peleas con uso de armas de fuego, robos y emboscadas a las porras rivales o a los propios compañeros de causa y una relación cada vez más pervertida con el poder político y con la policía.

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