
(Foto: El Universal)

Por Juan Pablo García Noriega
El agua dio vida al mundo y a la civilización. En la antigua Tenochtitlán – hoy la plancha del Zócalo de la Ciudad de México – se levantantaron ante nuestros ojos aquellos templos majestuosos, sólo para volver a caer ante los españoles en tiempos de la conquista.
Así inicia el espectáculo preparado para conmemorar el Centenario de la Revolución Mexicana. Un viaje mágico a través del tiempo: desde el surgimiento de las culturas prehispánicas, hasta el mestizaje y el nacimiento del México de nuestros días.
El impresionante despliegue de luz y color nos lleva a lo más profundo de la selva para conocer las raíces de nuestra cultura. Los dioses retoman su fuerza. El maíz, base de la alimentación, recibe un homenaje especial. El fuego calienta la noche. La música enchina la piel.
La llegada de los españoles en espectaculares carabelas que son reflejadas en los muros de Catedral, Palacio Nacional y el Antiguo Palacio del Ayuntamiento (oficinas del Gobierno del Distrito Federal), nos recuerdan el crudo episodio de lucha y muerte. La heroica defensa de Tenochtitlán y la caída del Imperio Azteca. Malintzin, la voz de una mujer triste afirma que no vendió a su pueblo y pide que no la llamen despectivamente “Malinche”.
Surge la imagen de ‘La Virgen Morena’, clave para la evangelización de la Nueva España. El mestizaje anuncia la llegada del nuevo México. Una voz dulce, pero firme, cita a Sor Juana Inés de la Cruz. Después: ¡Independencia!
Pero algo más está ocurriendo… “¡Extra, extra!”, gritan los voceadores. “Santa Anna es derrotado”, “asalto al Castillo de Chapultepec”, “ se pierde la mitad del territorio”. Los diarios anuncian la victoria del General Zaragoza el 5 de mayo en Puebla, las Leyes de Reforma y el lema del Presidente Juárez: “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Comienza una era de progreso, pero también hay voces que buscan igualdad y democracia.
Francisco I. Madero y el Plan de San Luis: “Sufragio efectivo, no reelección”. Derrocan al dictador. Porfirio es enviado al exilio. ¡Revolución! Villa y Zapata. Las Adelitas bailan en el escenario.
Jorge Negrete entona una serenata. Pedro Infante es dueño de la plaza con su personalidad. También vemos a Pedro Armendáriz, María Félix fumando un cigarro y Dolores del Río. Es la ‘Época de Oro’ del cine mexicano.
Un momento controversial: jóvenes bailan A-Gogó mientras, en las pantallas que rodean al Zócalo, se proyectan imágenes de la Matanza de Tlateloco intercaladas con los Juegos Olímpicos. Muchos caen mientras el ‘Tibio’ sube al pódium para recibir su oro.
Truena la tierra: otra catástrofe azota a México. Catedral, Palacio Nacional y la sede del Gobierno del Distrito Federal se derrumban. Es el temblor de 1985. En el escenario los artistas vestidos de blanco representan la sociedad mexicana. El pueblo unido se levanta de los escombros.
La modernidad también es México. Nuevos ritmos se hacen presentes. Canciones de antes suenan distinto. La ciudad ha cambiado, se mueve a gran velocidad. Otra voz nos invita a la reflexión. Vivimos tiempos difíciles pero la paz es más duradera que la guerra. Los mexicanos tenemos que forjar una nueva patria en la que exigimos respeto a nuestros derechos y sabemos respetar a los demás. Debemos trabajar por los valores de igualdad, democracia, justicia, seguridad y educación. Es el momento de recuperar nuestro país.
El broche de oro para una noche maravillosa surge con las notas del Son de la Negra, mientras el cielo del Zócalo se ilumina con un perfecto espectáculo de fuegos artificiales. Ni más, ni menos. Sin derroches innecesarios. Un recuerdo memorable y un mensaje de aliento para un pueblo que busca recobrar su grandeza.
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